martes, 14 de junio de 2005

DOÑA PREJUICIOS, LA LOLA (...y II)

No pudo el pueblo disimular su descontento a la llegada de Juan Pedro. El joven de aspecto seco, visiblemente sucio, rehuía el trato con la gente, pero no de forma tímida o apocada, sino con la altanería del carácter superior que poseía. No discutía de fútbol con los hombres aunque frecuentaba la taberna, para observar detenidamente un solitario vaso de vino.

Juan Pedro conoció bíblicamente a la Lola, un año después. Para entonces ya era cuarentona y había abandonado los mandiles remendados, el luto a aquel marido desaparecido y sus preocupaciones económicas. Era ya una mujer madura y visiblemente pudiente como lo indicaban sus medias de cristal, su abrigo de paño y aquel broche brillante que al compás de su pecho se pavoneaba ante la mirada envidiosa de las feligresas de la tienda. Juan Pedro por el contrario, se molía las costillas en los caminos, pegado a un pisón de mano, magullando los senderos de piedra con fiereza, sin descanso solitario y casi huraño, aterrorizando aquella capa de piedras que tras su paso quedaba empotrada en el suelo.

Juan Pedro, llegaba de noche a casa de Doña Prejuicios, la Lola, metido en sombras, vestido de penumbra, llevándole la alegría efímera de una noche, el esplendor olvidado de la compañía y la masculinidad que nunca creyó la Lola volver a tener al lado.

Juan Pedro salía de noche de casa de Doña Prejuicios, la Lola, adelantando al alba, cubierto de un sol interior, que dejaba a la Lola lánguida y sonriente, abandonada a la dejadez del que ama, perdida en la alegría de amar.



La Lola, henchida su feminidad de orgullo, plena de un sabor entre amargo y dulzón, parecido al del café hecho en puchero, derramaba por las calles sus atributos de hembra provocando odio y envidia, recordando viejos deseos y añoradas lascivias. Tanto fue así que incluso el mosén apareció por su casa un día en visita social, inesperada, indeseada y altiva.



-Pues como le decía, Doña Prejuicios, es difícil realizar como es debido el apostolado en un pueblo pequeño como este nuestro.

-El Señor nos dirige por duros senderos, amigo mío.

-Por ejemplo- siguió el clerigo- en un pueblo pequeño como este nuestro es difícil, mantener a la juventud en el camino de la honestidad. Hágase idea, Doña Prejuicios, que un viejo clérigo, ya cansado como yo, debe mantener la moral del pueblo intacta, y yo no estoy ya para esos trotes, más en esta época, en la que la Iglesia, debe rehacer lo perdido antes del glorioso Alzamiento. Ahora es el momento de perseguir, cristianamente, eso sí, ciertos casos de ........ amancebamientos carnales, que empiezan a producirse entre los jóvenes,. y según creo, entre algunas personas no tan jóvenes ya, fíjese que brete para mí, Doña Prejuicios.

-Me doy cuenta, mosén.-replicó juntando aún más las rodillas la Lola.


-Es el momento, de que todos recordemos que no hay que tomarse a broma la condenación eterna, y que la tentación es fuerte de vencer para todos.-dijo el mosén, secándose con un pañuelo una secreción espesa, que debía ser el sudor de la frente.



-Comprendo su difícil tarea, mosén-dijo la Lola alzando la barbilla- fíjese en mí caso, una mujer creyente y practicante como bien sabe.......


-que duda cabe, que duda cabe.....

-....sabe usted perfectamente de lo generoso de mis donativos para el manto de la Virgen, para la procesión de San Roman y para el mantenimiento de la parroquia que como bien sabe, sale cara, y en estos tiempos de crisis, a veces me planteo si no seria mejor para mí economía, ser menos generosa sin ser menos devota.....

-Su donativo es muy importante Doña Prejuicios, y no....

-Sin embargo, mosén, algunas personas que se dicen muy devotas y muy honestas se permiten hablar alegremente de asuntos de otras personas...

-Claro, claro, sí yo no...

-¿Acaso debo dejar mi generosidad por el mal ejemplo y el comportamiento poco cristiano de estas gentes, mosén?.

-No, no doña Prejuicios, ya sabe que yo, sin ser liberal, el Señor me perdone, disculpo las actitudes de todos y rezo por ellos, todas las noches, además su devoción es un ejemplo para todos mis feligreses.

-En ese caso mosén, recuerde que el púlpito es el lugar más adecuado para las homilías y el cepillo el sitio idóneo para los donativos. Buenas tardes amigo mío.

Fue así como Doña Prejuicios, si, si, La Lola, se enfrento de repente por un inusitado ardor, con la secreta envidia del resto del pueblo, de las mujeres, presas de sus propios amos, de esos amos presos del odio y de la inferioridad que sentían comparándose con Juan Pedro, que al fin y al cabo no era más que un peón que no tenia donde caerse muerto.

No hay que decir, que las fuerzas vivas entre las que se encontraba doña Prejuicios mas Lola que nunca, se vieron amenazadas al ver a uno de los suyos caer entre las maravillosas garras de la lascivia y de una libertad ...............(perdón)...............de una......., una....

Volvamos a escribir este párrafo, antes de que se convierta en una reivindicación social. Nada más lejos.

En fin, el resto te lo puedes imaginar, si es que has sido capaz de leer hasta aquí, ( hay gente que lee cualquier cosa que cae en sus manos), la Lola, que ya casi nunca era Doña Prejuicios, salvo cuando se encontraba presente, cayo en un ostracismo no deseado, pero que no le importaba. Sus posibilidades le permitían enfrentarse al resto del pueblo con una altanería muy propia de la clase a la que ahora pertenecía, aunque se encontrase en tierra de nadie, odiada y envidiada por todos, despreciada y admirada, deseada siempre en toda su felicidad.

Juan Pedro, continuo inundando a la Lola de sudores y jugos, de sensaciones y cariño, de arrebatos y de esperas maravillosas, hasta que, como no podía ser de otra manera, consiguió quedarse sin trabajo gracias a las maniobras del mosén y el alcalde, que se descubrieron como expertos pecadores, eso sí, en aras de un buen fin, ya que aquel muerto de hambre, había llevado a uno de los suyos a la senda grata pero inmoral de la desidia cristiana. Nada pudo hacer la Lola por mantenerlo, y supo aquella tarde soleada del mes de Julio, que Juan Pedro se marchaba, aunque no hubo una despedida ni un adiós, ni una carta ni un beso, solo un atardecer que supo a miel amarga, a recuerdo y a final.

Se quedó tan solo con su olor, aquel olor a sudor suave y a cama desecha, aquel olor, que tan feliz hizo a la Lola, cuando descubrió ocho meses más tarde que el ser que engendró, lo había heredado.

El pueblo, sin embargo, presa de un extraño sentimiento de gratitud a Juan Pedro, que había destapado la inquina humana en todos los jerifaltes, comenzando desde la propia Lola, acogió al pequeño como a uno de los suyos, ya que los de la clase a la que debía haber pertenecido, le repudiaron desde ya antes de nacer. No podían mantenerle la palabra a aquella mujer plena de un pecado, que además había compartido con un inferior, y mucho menos aceptar que sus vástagos retozaran con aquel que era el recuerdo constante de su pasado.

Así, el pequeño creció, feliz y medio salvaje entre las tapias y los huertos, robando las peras de su propia madre y del resto de los grandes aparceros, compartiendo novillos con los retoños de los más humildes del pueblo, cazando gorriones entre los arboles del pinar, buscando nidos de golondrina entre los aleros, y descubriéndose a sí mismo y a sus compañeros, como un autentico líder que sin darse cuenta era dieciocho años más tarde un hombretón que nada tenía que envidiar a su propio padre.......(y volvera a continuar)

1 comentario:

Melisa dijo...

Y seguiremos a la espera :)